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«La comunista, que mientras más
comunista es, más madre es, más
mujer de su hogar»1
El arquetipo de feminidad entre las jóvenes trabajadoras
comunistas (1960-1973)
Nadia Birriel Golzarri2
Resumen
Este artículo sintetiza algunos de los resultados a los que llegué con mi
tesis de maestría Militancia y vida privada de trabajadoras comunistas en el
barrio Cerro de Montevideo (1960-1973), aprobada por la Udelar.
Propongo examinar desde una perspectiva de género los roles y modelos
de mujer/compañera que el Partido Comunista Uruguayo () propició,
las agendas y estrategias vinculadas a las mujeres en general y cómo las
venes trabajadoras de un barrio obrero sintetizaron los mandatos en
sus militancias concretas. Analizaré la maternidad como entelequia en
el seno mismo de los discursos que invitaban a las mujeres a la arena
pública y las revestían de identidad política.
Finalmente, sugeriré conclusiones acerca de las desigualdades que so-
brevivieron entre compañeras y compañeros pese a los discursos y de-
seos de igualdad entre los sexos, y sobre las distintas maneras de vivir
la militancia entre las jovencitas de estratos medios intelectualizados y
las trabajadoras en el mismo partido político.
Palabras clave: mujer – género – militancia – maternidad
1 (3/7/1968). El Popular, con motivo de los 70 años de Julia Arévalo. Ejemplares de 1968 a 1973 disponibles
en la Biblioteca Nacional.
2 Docente de historia egresada del Instituto de Profesores Artigas y magíster en Ciencias Humanas,
opción Historia Rioplatense, por la Universidad de la República. Especializada en historia de género,
integra el equipo de investigadoras que publicó Tejedoras del cambio (2024) y es una de las fundadoras
de la cooperativa Indómitas, desde la cual se organizan circuitos históricos y talleres en clave de historia
feminista.
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«The female communist, the more of a communist she
is, the more of a mother she is, the more of a woman
ofherhousehol
The Archetype of Femininity among Young Communist
Workers (1960-1973)
by Nadia Birriel Golzarri
Abstract
This article synthesizes some of the results of my master’s thesis, Mili-
tancy and Private Life of Communist Workers in Cerro, Montevideo (Udelar).
Itintends to examine, from a gender perspective, the roles and models
of the woman and comrade that the Communist Party of Uruguay en-
couraged, the agendas and strategies connected to women in general
and how young labourers in a working-class neighbourhood articula-
ted the directives in their specic militancy. Iwill analyse maternity as
an entelechy in the context of the speeches that invited women to the
public arena and coated them in a political identity.
I will nally oer conclusions about the inequalities that survived among
the comrades (both he and she) in spite of the speeches and wishes of
equality between the sexes and dierent ways of living militancy as ex-
perienced by young girls in the intellectual middle classes and workers
in the same political party.
Keywords: woman – gender – militancy – maternity
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Nadia Birriel Golzarri
«La comunista, que mientras más comunista es, más madre es, más mujer de su hogar»
Introducción
En este artículo pretendo analizar desde una perspectiva de género las ten-
siones, transformaciones y permanencias respecto a los roles y estereotipos
de mujer/compañera3 que propuso el comunismo vernáculo, contrastando
sus discursos con la experiencia de jóvenes trabajadoras comunistas residen-
tes en el barrio Cerro de Montevideo. Enla última década se han llevado a
cabo muchas investigaciones sobre la juventud sesentista, pero centradas
particularmente en los estudiantes. Sin embargo, resulta necesario realizar
investigaciones capaces de mirar más allá del centro capitalino e incorporar
a las jóvenes trabajadoras como sujeto de estudio, siempre en relación con
los procesos más generales.
Durante el transcurso de la investigación visualicé que la materni-
dad debía ubicarse como un núcleo central del análisis, debido a que
las entrevistadas lo plantearon como algo crucial que tuvo efectos en
sus militancias —distintos a los que tuvo en los estratos medios inte-
lectualizados—, y, por otra parte, a que, en los discursos comunistas, la
maternidad permanentemente fue construida como lugar político y se
la asoció directamente con el ser mujer.
El tratamiento de las fuentes
Además de la diversa bibliografía referente a la época fueron revisados
los documentos ociales del , tales como los Estatutos, las resoluciones
de congresos o los discursos de sus dirigentes Rodney Arismendi4 y Julia
3 Respetando el lenguaje nativo de las protagonistas, se consignarán algunas palabras en cursiva, tales
como compañera, camarada o el Partido.
4 Teórico y secretario general del Partido Comunista del Uruguay entre 1955 y 1987.
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«La comunista, que mientras más comunista es, más madre es, más mujer de su hogar»
Arévalo.5 Por otro lado, el diario El Popular6 resultó fundamental, en la
medida en que vehiculizó el discurso —en el sentido foucaultiano— verte-
brador de los mandatos de género y posturas políticas sobre la militancia y
los modelos de género; especialmente, fue clave su página semanal «Para
la mujer y el hogar». Por otro lado, se analizaron algunas publicaciones
difundidas por el , como La mujer obrera (Krupskaya, 1970), La mujer en
la  (Arévalo, 1968), entre otras. Tal como señala De Giorgi (2018), los
acervos documentales, lejos de ser espacios «objetivos», son el resultado del
esfuerzo por proteger cierta memoria; de alguna forma, los testimonios
orales permiten descubrir, tras las imágenes monolíticas de los documen-
tos ociales, un repertorio de contradicciones y suras. Por este motivo
resolví acudir a la historia oral, con todas las complejidades y desafíos que
esto implica (Pollak, 2006). Para llegar a las entrevistadas utilicé la técnica
de la «bola de nieve»; las protagonistas son nombradas con seudónimos:
Mariana,7 Alejandra,8 Alba,9 Elena,10 Juana,11 Rosa12 y Luisa.13
5 Nacida en 1898, integró el Partido Socialista y fundó posteriormente el , donde dirigió la Comisión
de Mujeres y conformó el Comité Ejecutivo. Fue la primera diputada mujer en 1942, junto con la batllista
Magdalena Antonelli, y fue senadora entre 1947 y 1951.
6 Diario publicado entre 1957 y 1973, con pequeños períodos de censura.
7 Mariana (1941-2021) fue dirigente del Centro de Estudiantes de Arquitectura y del , electa edila
por el Cerro en 1971. Entrevista realizada por la autora en su hogar en diciembre de 2020.
8 Alejandra (1942-) fue docente y militante del , del FideL y del Frente Amplio. Entrevista realizada
en su hogar en marzo de 2021.
9 Alba (1935-2021) fue odontóloga y destacada militante del . Entrevistada por la autora, en su hogar,
en diciembre de 2019 y en marzo de 2020.
10 Elena (1948-), trabajadora textil, católica y militante del . Entrevistada por la autora, en su hogar,
en noviembre y diciembre de 2020.
11 Juana (1948-) fue trabajadora textil, dirigente sindical y militante del . Entrevistada en su hogar
en noviembre de 2020 y marzo-abril de 2021.
12 Rosa (1959-), militante del , trabajó como promotora y luego como administrativa en El Popular;
entrevistada en su hogar en noviembre de 2020 y en febrero y marzo de 2021.
13 Luisa (1949-), trabajadora friyera (entiéndase «empleada frigoríca»), militante de la  y del .
Entrevistada por la autora en su hogar en marzo y abril de 2021.
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«La comunista, que mientras más comunista es, más madre es, más mujer de su hogar»
Algunas consideraciones teórico-metodológicas
Parto de la premisa de que no existe una forma natural de ser, de vivir
y de luchar como mujer, sino que mujer es una categoría socialmente
construida a través de las nociones de género, entendiendo este como
el conocimiento que tenemos sobre las diferencias sexuales, que na
-
turaliza lógicas de poder e impacta en la vida social y política (Scott,
1990). Siguiendo a la antropóloga Marcela Lagarde, «la condición de
la mujer es una creación histórica cuyo contenido es el conjunto de
circunstancias, cualidades y características esenciales que denen a
la mujer como ser social y cultural genérico: ser de y para los otros»
(Lagarde, 2005: 33). Laautora sostiene que cada mujer sintetiza de
distintas e irrepetibles maneras esas características compartidas que son
orquestadas y jerarquizadas por el sistema patriarcal, aunque, agrego,
siempre hay un margen para la agencia. Lahistoria de género analiza
cómo el género opera y se reproduce en cada contexto, teniendo en
cuenta que en ocasiones sus mandatos se imponen de forma más sutil,
sosticada y efectiva que las propias leyes objetivas.
Contexto
En el Uruguay del siglo  se legisló un modelo de ciudadanía de apa-
rente «igualdad» entre varones y mujeres,
14
sin embargo, ese modelo
fue incapaz de terminar con las asimetrías entre los sexos. Enlos años
sesenta el modelo de domesticidad continuaba profundamente vigente,
y el espacio público-político seguía siendo mayormente masculino.
Las crisis y proyectos de transformación social fueron in crescendo
en la década de 1960, cuyo corolario fue 1968. Laconvulsión se tradujo
14 Cuyos hitos pueden ser las leyes de Divorcio en 1907 y 1913, la ley del Sufragio femenino en 1932 y
el Código civil de 1946 (Rodríguez Villamil y Sapriza, 1984).
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«La comunista, que mientras más comunista es, más madre es, más mujer de su hogar»
en un aumento cuantitativo de la militancia en general, llamando la
atención el crecimiento del caudal femenino en diversas las políticas;
concretamente para el , en 1968 se alió un número inusitado de mu-
jeres.15 Durante el quinquenio estudiado el Partido denió insistentemente
a las mujeres y las invitó a participar, ya fuera en comisiones mixtas o
femeninas. Sin embargo, las entrevistadas coinciden en que subsistían
grandes desigualdades entre varones y mujeres; en este sentido, indagaré
por qué la retórica de la inclusión no alcanzó para superar las asimetrías
entre compañeras y compañeros. Por otro lado, este periodo coincidió con
el ocaso de la «Suiza de América» y el crecimiento y radicalización de
las organizaciones de izquierdas y de derechas. Elpaís ingresó en una
espiral de violencia inusitada, especialmente luego de que en agosto de
1968 se abriera la lista de mártires estudiantiles en la femoral de Líber
Arce. Elproceso represivo se profundizó bajo el gobierno de Juan María
Bordaberry, hasta que en 1973 se dio el golpe de Estado (Demasi et al.,
2009), que inició una feroz dictadura. Entendiendo que el gobierno de
facto modicó las condiciones objetivas y subjetivas de vida de las mi-
litantes, pese a sus continuidades en el marco del terrorismo de Estado,
mi período de estudio culmina en 1973.
Las camaradas: los discursos de igualdad y sus
paradojas
Comprender las nociones y roles de género fraguados por el  en los
años sesenta implica visualizarlos como el resultado de la conuencia
entre las posturas de larga data y las innovaciones de la década, sopesando
el diálogo entre los aportes globales y vernáculos.
15 Según el Informe del Comité Central para el XX Congreso del , en 1968 el 31 % de los ingresos al partido
fueron mujeres, que ascendieron en 1969 al 34,7 % y al 36,4 % en 1970. Siguiendo a Rico et al. (2021),
no existe consenso sobre el número real de aliados y aliadas al  antes del golpe de Estado.
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«La comunista, que mientras más comunista es, más madre es, más mujer de su hogar»
El  fue un partido legal y público que participó del sistema polí-
tico, consagrándose como una organización de cuadros y masas (Rico et
al., 2021). Los órganos de mayor jerarquía solían ser monopolizados por
varones, a excepción de Julia Arévalo, quien, desde los albores del Partido
hasta su muerte en 1985, encarnó la cara visible de la organización y de
su línea estratégica respecto a las luchas femeninas.
En el periodo estudiado, el Partido hizo coincidir la lucha legal con la
clandestina en la medida en que propició la inserción de masas, la acción
parlamentaria y la preparación de un aparato armado.16 Esta estrategia y
la convicción de que la clase obrera, en tanto vanguardia revolucionaria,
debía establecer alianzas con otros sectores —como las capas medias
urbanas y la burguesía antimperialista— implicaron una versátil gama
de aliadas (intelectuales, amas de casa, obreras, etc.).
Desde los orígenes del comunismo se planteó la necesidad de in-
corporar mujeres trabajadoras a sus las, denunciando la situación de
doble opresión en la que ellas se encontraban.17 Las camaradas tomaron
distancia del feminismo burgués, enfatizando que «sus condiciones están
estrechamente ligadas a las condiciones de toda la clase trabajadora, y
solo la victoria de la clase trabajadora, del proletariado, puede liberar a
las mujeres».18
Históricamente, en los esfuerzos por incluir a las mujeres conver-
gieron varios factores: el deseo de liberarlas de su doble condición de
explotadas,
19
la gran potencia revolucionaria que dicha condición supues-
tamente les conere, la necesidad de contar con sus fuerzas durante el
16 La reciente investigación El Partido Comunista bajo la dictadura. Resistencia, represión y exilio (1973-1985)
(Rico et al., 2021) conrmó la existencia de un aparato armado en el .
17 Ver Bebel, A. (1976). Lamujer y el socialismo. Madrid: Akal; Engels, F. (2006). Orígenes de la familia,
de la propiedad privada y del Estado. Madrid: Fundación Federico Engels; Engels, F. yMarx, K. (1999).
Elmaniesto comunista. Disponible en: https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/48-manif.htm
18 Krupskaya, N. (1970). Lamujer obrera, p. 12. Montevideo: Pueblos Unidos.
19 Krupskaya, 1970: 16.
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«La comunista, que mientras más comunista es, más madre es, más mujer de su hogar»
proceso revolucionario —y, posteriormente, productivo— y evitar que
su conciencia limitada al hogar perjudique la militancia de los hombres.
20
Puntualmente en Uruguay, donde el voto nacional femenino se conquistó
en 1932 y donde las mujeres constituían la mitad de la población, dispu-
tarse su simpatía también era una necesidad parlamentaria.
En los años sesenta, los discursos para invitar a las mujeres ponían
un fuerte énfasis en su sensibilidad y en su rol materno:
Particularmente sensibles a las repercusiones de la crisis, especialmente en la
carestía de la vida y a su incidencia negativa sobre el bienestar físico, la salud y
las posibilidades educativas de sus hijos, en determinadas condiciones ellas dan
prueba de su combatividad, espíritu de sacricio y ecacia en la acción política
(Arismendi, 1966: 60).21
Según estos argumentos existe una sensibilidad femenina concreta
vinculada directamente al cuidado de otros. Lacrisis política y económica
de los años sesenta habría provocado lo que la psicóloga española Victoria
Sau (1997, 2004) denomina «vacío de maternidad», en tanto imposibili-
dad de decidir y gestionar la vida familiar tal como se espera. Así, luchar
contra esa crisis sería la forma de rearmar y trascender el rol materno.
En coherencia con el planteo expuesto por Arismendi, las entrevistas
realizadas casi semanalmente en la página «Para la mujer y el hogar»
aluden a un itinerario militante que comenzaba a raíz de las penurias
familiares provocadas por la carestía y la represión para dar paso a la toma
de conciencia en el encuentro con las compañeras. Finalmente, el último
eslabón de esta evolución política era el reconocimiento del marxismo
como la única doctrina capaz de interpretar y transformar el mundo y
de garantizar un futuro feliz y libre para sus hijos/as.
20 Ver Lenin, V. I. (1981). Obras completas de V.I. Lenin. Moscú: Progreso; Krupskaya, 1970: 32.
21 Proyecto de resolución general del XIX Congreso del Partido Comunista. (1966). Estudios, (40).
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«La comunista, que mientras más comunista es, más madre es, más mujer de su hogar»
Por otro lado, los comunistas sostenían que las mujeres estaban re-
zagadas política y culturalmente a causa de «la absorción por las tareas
domésticas, los desniveles culturales, la falta de independencia respecto
al hombre» (Arismendi, 1966: 60)22 —idea que parece heredada de Engels
(2006)—, es decir que las causas de ese «retraso» eran sociales, no naturales,
y por ende eran superables mediante la educación. Eneste sentido, «El
Partido debe elevar su trabajo entre las mujeres a un nivel superior, para
promover las consignas movilizadoras y los métodos de organización y
de lucha adecuados, y para ayudar que las organizaciones de masas, y
no solamente las especícamente femeninas, orienten su actividad de tal
modo que facilite la incorporación y la militancia de grandes sectores de
mujeres» (Arismendi, 1970: 154).
Si bien las mujeres podían integrar los espacios mixtos, se crearon
comisiones estrictamente femeninas «cuando así lo determinen las di-
cultades de participación regular en las comisiones».23 La idea era facilitar
la concurrencia de las camaradas realizando las reuniones en horarios
armónicos con las tareas domésticas y adecuadas a la presencia de niñeces;
asimismo, las actividades y agendas eran acordes a lo que hoy entendemos
como los roles de género.
Resulta revelador analizar la evolución de las propuestas respecto a
las camaradas en los congresos, las máximas instancias del . Durante el
 Congreso (1958), se manifestó que el Partido debía asumir la respon-
sabilidad inaplazable de fortalecer un movimiento femenino amplio en
torno a temáticas como la defensa de la paz, las mujeres, las infancias y
las familias. Seconminaba a las camaradas a organizar espacios femeninos
en sus localidades y organizaciones de base. En1966, el XIX Congreso
redobló la apuesta, señalando la necesidad de ampliar la participación de
22 Proyecto de resolución general del XIX Congreso del Partido Comunista. (1966). Estudios.
23 Estatutos del Partido Comunista del Uruguay (1958), aprobados por el XVII Congreso, art. 36.
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mujeres en todas las organizaciones de masas, no solo en las femeninas.
Noobstante, el XX Congreso (1970) fue mucho más radical al sostener
que la atención al movimiento femenino y la organización de las mujeres
dentro del  era una gran tarea del momento que demandaba promover
a miles de mujeres en todas las direcciones partidarias.24
Es probable que este interés creciente por la participación de las ca-
maradas y el énfasis puesto en la necesidad de incorporarlas en espacios
mixtos y, nalmente, jerárquicos, haya tenido que ver con el deseo de
encuadrar el aumento de mujeres militantes en general y de aiornarse
a las nuevas pautas, según las cuales las compañeras pretendían militar
a la par de los varones, despreciando los espacios «femeninos».
No obstante, según las entrevistadas, en el  las comisiones fe-
meninas no resolvían nada sin el aval del Comité Ejecutivo, dirigido
por los varones. Por otro lado, tal como demostró Navailh (2018) para
el caso soviético, los espacios femeninos eludían los debates profundos
sobre las desigualdades entre varones y mujeres en la medida en que
consideraban las luchas feministas como desviaciones burguesas que
perjudicaban a la Revolución. Lacomunista uruguaya Moriana Hernán-
dez señaló asimismo que estos espacios «solían rearmar el rol clásico
de las mujeres, en una estructura clásicamente machista» (Hernández,
citada por Rico et al., 2021: 816).
De Giorgi identicó que las jóvenes estudiantes rechazaban los
espacios femeninos, más bien integrados por mujeres mayores, como
manifestó Teresa: «Nosotras […] queríamos ser revolucionarias, armas,
lucha clandestina… Nuestros modelos eran hombres […] Si vos pre-
guntabas: “¿Vos a dónde querés ir? ¿A la  o a la Sierra Maestra?”,
24 Arismendi, R. (1988). Congresos y documentos del Partido Comunista de Uruguay, p. 206. Montevideo:
Comisión Nacional de Propaganda del Partido Comunista.
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“No, yo a la Sierra Maestra, ahí está la libertad; allá no”» (Teresa, citada
por De Giorgi, 2015: 7).25
En este sentido, mis entrevistadas también desestimaron los espacios
femeninos como lugares donde se preocupaban de «cosas de mujeres,
no de la Revolución»,26 desbordando los mandatos naturalizados en el
. Sin embargo, veremos que, a diferencia de las jóvenes intelectuales,
ellas se mantuvieron leales en aspectos como los roles en el hogar, lo
cual inuye indirectamente en las posibilidades militantes.
«Mujer no se hace, se nac
El psicólogo Enrique Sobrado
27
contradijo, con argumentos biológicos,
a la feminista francesa Simone de Beauvoir en El Popular, sosteniendo
que «“Mujer no se nace, se hace”,28 armación totalmente existencial […]
cuando las últimas investigaciones endocrinológicas podrían contestarle
que es absolutamente al revés».29
Asimismo, en el cierre del  Congreso del , Arismendi describió
a las mujeres tal cual el modelo hegemónico:
[Los comunistas sienten] la vida en la audacia del joven que desafía la rémora
del pasado, en los ojos relucientes y hermosos de las muchachas, en la ternura
de la madre que carga a su hijo en hombros en las manifestaciones, o espera al
muchacho que vuelve magullado, o no vuelve de la acción callejera.30
Una y otra vez los discursos que invitan a las mujeres a organizarse
se encuadran en representaciones que las ubican en un lugar casi pasivo,
25 Teresa es un seudónimo utilizado por la autora de esta tesis.
26 Mariana (comunicación personal, 2020).
27 Prestigioso psicólogo que escribió varios libros y artículos en El Popular.
28 Reversión del original «No se nace mujer, se llega a serlo», acuñado por Simone de Beauvoir en su
libro El segundo sexo (1949).
29 (12/5/1972). Sobrado, E., ElPopular, p. 9.
30 Arismendi, 1988: 215.
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«La comunista, que mientras más comunista es, más madre es, más mujer de su hogar»
de espera, lejos de los enfrentamientos callejeros, que idealmente debían
ser un espacio masculino. Laserenidad, la belleza, la generosidad, la
suavidad, la humildad y el martirio fueron atributos siempre destacados
en los discursos que denían a las compañeras.
De todas las edades, provenientes de distintos estratos sociales, aboca-
das a diversas funciones políticas, madres o no, todas parecían compartir
una «naturaleza femenina».
El análisis de documentos y de las entrevistas sugiere que consideraban
a las mujeres innatamente inclinadas a los cuidados, cuyo destino maniesto
y función principal era la maternidad, mandato vehiculizado a través de
una retórica mesiánica, tal como fue señalado en El Popular:
Las leyes de la naturaleza le han dado a la mujer la misión de parir con su sangre
el nuevo ser que se engendra en sus entrañas; hay entrega con felicidad, hoy
cada vez más la mujer reclama un lugar para una mayor entrega. Aunque esta
le traiga dolor, no solo quiere alumbrar un nuevo ser, quiere alumbrar también
una nueva humanidad.31
La militancia parece ser el resultado lógico y supremo de las respon-
sabilidades maternales: «Yo he sostenido que la política constituye para
la mujer la culminación de la maternidad, una trascendencia».32 Parece
que las responsabilidades político-sociales emanadas de la maternidad
dotaran de poder a estas mujeres, pero a su vez su naturalización las en-
capsulaba en horizontes y deberes limitados a su condición de mujeres/
madres, cercadas en la maternidad como lugar político.33
Este ahínco en la maternidad ofrece varias lecturas. Enprimera ins-
tancia, era entendida en el Comunismo Internacional () como un deber
social, ya que se consideraba a las madres como el pilar fundamental de
las familias, y a las familias como la célula de la sociedad. Sin duda, la
31 (29/9/1968). El Popular.
32 (15/11/1968). El Popular.
33 Este proceso no es exclusivo del comunismo, tal como demostró Peruchena (2021) para el batllismo.
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«La comunista, que mientras más comunista es, más madre es, más mujer de su hogar»
familia como entelequia fue instrumentalizada por las izquierdas y de-
rechas del mundo al presentarse ambas como sus defensoras. Siguiendo
a Engels (2006), los comunistas anhelaban poner n a la familia como
institución burguesa, pero fueron sistemáticamente acusados de querer
terminar con los lazos familiares en general. Por ello, la maternidad era
buena auspiciante: cuando Mariana subía a los escenarios embarazada,
de cara a las elecciones de 1971, implícitamente se aclaraba que el Partido
no era un peligro para los niños, como el anticomunismo difundía.34
Es probable también que buscaran persuadir a otras mujeres para
quienes el rol materno era prioritario y que solían carecer de experiencia
política. No obstante, interpreto que también se autopercibieron prin-
cipal y sinceramente como madres cuya misión era salvar a los niños
y las familias.
Canónico fue el caso de doña Josena Restuccia, «la madre de Líber
Arce», que, «siguiendo los pasos de su hijo», se alió al  en 1970, y llamó
a todas las mujeres a unirse como «única forma de legarles a nuestros
hijos un futuro venturoso».35 De alguna manera, este discurso habla de
un nuevo nacimiento —simbólico— en el que el martirio del hijo parió
una nueva madre, esta vez comprometida con las causas de su tiempo.
En este sentido, sostenían que «La mujer no solo es madre porque
concibe un hijo, sino porque es capaz de crear un mundo que pueda ser
habitable. Lapolítica es la que crea las condiciones para que el mundo sea
habitable».
36
Así, la maternidad como emblema podía ser real o simbólica
en la medida en que, por un lado, las jovencitas eran potencialmente
madres que estaban exteriorizando sus «cualidades innatas» vinculadas
a garantizar la reproducción de la vida de otros y, por otro lado, era
34 Mariana (comunicación personal, 2020).
35 (9/11/1968). El Popular, p. 7.
36 (23/3/1971). Sosa, C., ElPopular.
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«La comunista, que mientras más comunista es, más madre es, más mujer de su hogar»
simbólica en la medida en que la construcción del sujeto político implica
una generalización abstracta: no importan tanto las madres concretas,
sino la maternidad como símbolo.
En conclusión, tanto los discursos de los dirigentes como de ElPopular
fueron correas de trasmisión de un modelo versátil de mujer militante
(obrera, ama de casa, intelectual, etc.) en cuyo núcleo compartido po-
demos encontrar una «esencia femenina» coherente con el estereotipo
hegemónico. Lamaternidad —real o simbólica— dene a las mujeres y
justica su militancia, en concordancia con los postulados del.
Los derechos de las mujeres centrados en su rol materno
La plataforma programática del  respecto a las mujeres contempló
el reclamo por mejores condiciones laborales, por «igual salario a igual
trabajo», leyes que evitaran los despidos —sobre todo de las mujeres
casadas y madres—, que aumentaran la licencia por maternidad a seis
meses, que aumentaran los montos de las asignaciones familiares, así
como la construcción de casas cuna, comedores y jardines de infancias.
Deesta manera hacían propias las banderas que las camaradas habían
enarbolado primero desde la Secretaría Internacional de la Mujer en el
Komintern y luego desde la Federación Internacional de Mujeres (Frencia
y Gaido, 2016).37
Nuevamente aparece la maternidad como protagonista, en la medida en
que los reclamos por derechos laborales de las mujeres suelen presentarse
entrecruzados con los derechos maternales. Este vínculo busca orquestar
dispositivos que las suplanten en las tareas domésticas, habilitándolas a
dedicarle más horas al trabajo extradoméstico y a la militancia, y, por otro
lado, pretende garantizar a través de ellas la crianza de niños fuertes, sanos
37 Ver Arévalo, J. (1968). Lamujer en la rda. Montevideo: Pueblos Unidos.
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«La comunista, que mientras más comunista es, más madre es, más mujer de su hogar»
y adeptos a la causa. Enla medida en que los churrinches38 signicaban el
futuro de la Revolución, la intelectualidad política y la mano de obra que
debería construir el mañana, puede leerse en las reivindicaciones comunistas
cierto halo de protección funcional sobre la maternidad, tal como señala
Peruchena para el período batllista: «Si la niñez constituye el porvenir de un
país, es preciso que esa niñez sea el resultado de maternidades “ordenadas
física y moralmente”» (2021: 24).
El trabajo doméstico: una militancia invisible
En general, mis entrevistadas aspiraban a replicar el modelo de amas de
casa sumamente minuciosas, en oposición a lo arrojado por las investi-
gaciones centradas en los estratos medios intelectualizados del  (De
Giorgi, 2011, 2015).
Al hurgar en los archivos podemos encontrar un discurso dual en el
. Por un lado, se manifestaba que las actividades domésticas eran una
pérdida de tiempo que el socialismo debería evitar estructurando una
gran red de servicios, tal como sucedía en la ;39 por otro lado, en El
Popular se representaba el interior del hogar como un lugar de orgullo
para las mujeres, donde justamente se reforzaba una feminidad basada
en el orden, la belleza y los cuidados. Enesta línea, la página «Para la
mujer y el hogar» ofrecía tips médicos, de alimentación y psicológicos
para garantizar el desarrollo de infancias fuertes, sanas y solidarias, re-
plicando un discurso según el cual la madre administradora y amorosa
se encargaba de los cuidados dentro del hogar, y el padre proveedor
aseguraba el sostén material.
38 Pequeña ave de pecho rojo que habita el Uruguay. Con este término denominó El Popular su página
dedicada a los niños.
39 Arévalo, 1968.
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«La comunista, que mientras más comunista es, más madre es, más mujer de su hogar»
Nada parece indicar que haya existido una propuesta respecto a la
coparticipación en las tareas en el hogar. Eneste sentido, el hecho de
considerar que el problema se solucionaría estatizando parte del sistema
de cuidados ocultó que los roles cumplidos por mujeres y varones estaban
jerarquizados.
En este «acto de amor», ellas realizaban gratuitamente todas las tareas
que los varones necesitaban para poder trabajar, militar y salir con «los
muchachos», sin preocuparse de su propia comida y ropa sucia. Eneste
sentido, los quehaceres domésticos constituían lo que la teórica femi-
nista y comunista Isabel Larguía denominó en 1977 como «trabajo invi-
sible», en oposición al trabajo visible y pago. Los modelos de feminidad
y masculinidad imperantes impidieron que se dimensionara la función
reproductiva como «el complejo de actividades y relaciones gracias a las
cuales nuestra vida y nuestra capacidad laboral se reconstruyen a diario»
(Federici, 2018: 15).
Con esta división de tareas, las entrevistadas acuerdan que las acti-
vidades políticas y culturales disminuyeron para quienes eligieron ser
madres. Ellas asumieron que la maternidad implicaba sacricar los deseos
propios y las responsabilidades fuera del hogar, que presentaban el riesgo
de perjudicar a los niños o arruinar el matrimonio, como reexionó Rosa:
Yo observé mucho la vida de las militantes, abnegadas militantes, difícil la
vida de esos gurises, muy difícil […] Si tenías familia, terminaban con el
matrimonio, andá a dejar tirados a tus hijos y rajarte p’acá y rajarte p’allá,
porque está todo bien, pero a veces a los maridos les cuesta por más buenos
compañeros que sean.40
Alba consideró que las exigencias maternales constituían una traba
para sus proyectos políticos y eligió no tener hijos, convencida de que
«América era un volcán revolucionario, y yo tenía 25 años; si estabas
40 Rosa (comunicación personal, 2021).
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«La comunista, que mientras más comunista es, más madre es, más mujer de su hogar»
pensando en tener nenitos, tal vez no podías vivir todas esas cosas sin
sentir ningún tipo de presión directa o sanción social».41
Su experiencia demuestra que, pese a que los discursos ociales fo-
mentaban la maternidad, se aceptaban otras opciones, las cuales, de
hecho, eran bien vistas entre las jóvenes intelectuales, según demostró
De Giorgi (2015).
Las entrevistadas eligieron tener hijos/as, sabiendo que esto limitaría
su desarrollo político, pero convencidas de que, desde la reproducción
y crianza de los churrinches en los valores comunistas, estarían sumando
igualmente a la Revolución.
Por otro lado, las mujeres aprovechaban los prejuicios existentes
para cubrir compañeros, simulando ser «simples amas de casa inocentes».
Mentirles a las Fuerzas Conjuntas, armar dispositivos para comunicarse,
alimentar o esconder a los clandestinos implicó sin dudas grandes riesgos.
Fueron también las que cocinaban para los compañeros, las que cuidaban a
los hijos de otros militantes durante sus actividades y las que sostuvieron
las casas y a los presos, como recuerda Juana: «Mi madre me cuidaba a
la niña porque yo trabajaba todo el día para poder llevarle las cosas a mi
hermano al penal».42
Sin embargo, aquellas actividades que las mujeres realizaron desde
el hogar fueron catalogadas como simples actos de solidaridad o como
expresión de sus responsabilidades domésticas, por más que les implicaran
gasto de dinero, de energía y de tiempo, y les exigiesen una dedicación
que sumaba a la causa revolucionaria. Esto se explica porque el concepto
de militancia enraizado en la perspectiva androcéntrica quedó ceñido a las
tareas visibles del mundo público-político, lo que signicó que las tareas
dirigentes fueran las más valoradas y recordadas, en desmedro de las
41 Alba (comunicación personal, 2020).
42 Juana (comunicación personal, 2020).
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«La comunista, que mientras más comunista es, más madre es, más mujer de su hogar»
actividades de base fundamentales para el funcionamiento de cualquier
organización política.
Es posible concluir que las mujeres comunistas eran invitadas a
cumplir lo que hoy se denomina triple jornada, articulando el trabajo
doméstico, el trabajo remunerado y la militancia (Legarreta y Sagas-
tizabal, 2016), lo cual redundó en un gran esfuerzo y el desgaste vital
de estas mujeres.
«Las mujeres metíamos para adelante
igual que los hombres»43
Pese a que en los ámbitos de militancia ellas tuvieron más prerrogativas
que la generación de sus madres, Elena recuerda la persistencia de dife-
rencias en las potestades entre los sexos:
Los hombres eran los machos. Note daban ningún lugar […] Yo creo que eran
ellos los que mandaban. Noquiero meterlos ahí, porque capaz que no era así
[…] ellos eran «los más inteligentes, los más sabios, los que sabían las cosas».
Nosotras «no entendíamos algunas cosas», nos despreciamos solas me parece.44
El protagonismo masculino se veía con naturalidad en la medida en
que ellos eran mayoría y tenían más experiencia política. Eran también
quienes estaban más dispuestos a hablar en las asambleas, consecuencia
lógica de una socialización que históricamente ha educado a los varones
como sujetos del espacio público, apasionados por el debate, ocupados de
los temas políticos y dotados de fuerza y vehemencia. Mientras, las mu-
jeres, connadas al hogar y a los sentimientos, recién estaban transitando
la experiencia de defender sus posturas ante un auditorio.45
43 Luisa (comunicación personal, 2021).
44 Elena (comunicación personal, 2020).
45 Por supuesto que se conocieron otros ejemplos, como el de Teresa, una friyera que participaba muy
activamente de las asambleas y que, contra la voluntad de Arismendi, se negó a poner crespones en el
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«La comunista, que mientras más comunista es, más madre es, más mujer de su hogar»
No se trata de evaluar si todos los varones aceptaron a las mujeres en
las asambleas o no, sino de identicar que los mandatos de masculinidad
y feminidad que adquirieron en el proceso de socialización decantaron
en la construcción de distintas herramientas y autopercepciones para
discutir e incidir en la sociedad. Alejandra descubrió los efectos de esta
desigualdad cuando se encontró con mujeres que hablaban y debatían en
espacios exclusivos de mujeres, pero se llamaban al silencio en espacios
mixtos, ya que se sentían inferiores en el debate frente a los varones.46
Si bien, como fue mencionado, en el discurso ocial se aludía a la
necesidad de incorporarlas como iguales, no hubo un trabajo colectivo
concienzudo capaz de quebrar los prejuicios y jerarquías de género.
En general, los cargos de dirección los ocupaban los varones. Hubo
algunas mujeres que integraron espacios de mandos medios, pero fueron
minoritarias, y debieron lidiar con la hegemonía masculina. Entre las
entrevistadas, aquellas que asumieron responsabilidades particulares
ocuparon mayormente cargos de nanzas, aunque prerieran otras ac-
tividades, como Alba. Eneste sentido, la actriz comunista Jébele Sand
comentó: «Los comunistas creían que las mujeres teníamos una alcancía
en la barriga, porque siempre nos ponían en nanzas en vez de poner-
nos a trabajar en otras cosas».47 Sin dudas la tarea fue fundamental para
sostener todo el quehacer de la organización, sin embargo, la presencia
constante de mujeres allí se vincula con el supuesto según el cual ellas
son las mejores administradoras —idea enclavada en el propio modelo
de domesticidad—, mientras las aleja de los debates y decisiones más
puramente políticas.
local del  tras la muerte de Stalin (Millán, 2020).
46 Alejandra (comunicación personal, 2021).
47 Entrevista realizada a Jébele Sand por Guillermo Pellegrino, publicada en el libro Jébele: el cálido
blues de los mediodías. Conversaciones con Jébele Sand, Marieta Caramba y otras mujeres (2009). Montevideo:
Estuario.
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«La comunista, que mientras más comunista es, más madre es, más mujer de su hogar»
Respecto a las actividades propiamente militantes, hay dos visiones opues-
tas. Unas recuerdan que las pintadas, volanteadas y seguridad del local las
realizaban mayormente varones, quienes hacían explícita la preferencia de
que ellas se ocuparan de otras tareas; al contrario, hay quienes sostienen que
«Siempre fuimos, son divinas las pintadas. Yofui todo el tiempo, también
hacíamos la seguridad del local, la seguridad el Primero de Mayo. Las mujeres
echábamos para adelante, igual que los varones»,48 convencidas de que ellos
aceptaban sin problema su presencia y de que la proactividad de las mujeres
se asemejaba a las prácticas de los compañeros.
Las actividades de formación y charlas de las que participaron y or-
ganizaron referían al marxismo y a la coyuntura, cuyo contenido y dic-
tado solía estar a cargo de los compañeros de mayor experiencia, es decir
los varones. Existían charlas referidas a la familia, el hogar y las luchas
especícas de las mujeres organizadas por los espacios femeninos, pero
a ninguna de las entrevistadas le interesó participar en ellas. Asimismo,
la producción de textos y denición de consignas también solían estar
en manos de los compañeros.
En otro sentido, los varones frecuentaban los «bolichitos» de barrio,
reductos masculinos y masculinizantes donde las «mujeres de bien» no
entraban y donde la política seguía discurriendo informalmente.
Por último, la participación de mujeres en el aparato armado es tan
misteriosa como el propio aparato. Leibner sostiene que «el aparato armado
restrictivamente entendido, o sea, los supuestos militantes con armas, no
creo que incluyera mujeres. Notengo ningún caso de mujer que supues-
tamente iba a portar armas».49 Sin embargo, como maniesta el autor, si
pensamos en la logística que requiere —esto es, viviendas donde camuar
48 Luisa (comunicación personal, 2021).
49 G. Leibner (comunicación personal, 2021, mayo). Cabe señalar que su padre, León Leibner, participó
del aparato clandestino de sanidad.
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armas y personas, sanidad, aparatos de información, comunicación y -
nanzas—, resulta evidente que tenía que haber mujeres. Eneste sentido, el
investigador sugiere: «Me parece bastante claro que había una división de
roles de género bastante clara y tradicional en las distintas tareas clandes-
tinas, pero para visualizarlo hay que hablar no del aparato armado, sino
de todos los aparatos clandestinos».50
En denitiva, tal como demostró Hobsbawm para el  (2012), pese a
las intenciones declaradas de integrar a las mujeres a la lucha, en general
ellas no accedieron a las primeras las, y el  no parece haber sido la
excepción, resultando que, en la distinción entre cuadros y masas, las
mujeres quedaran relegadas al anonimato de las masas.
Conclusiones
«La Revolución se hacía de la puerta de la casa para afuer
El recorrido de esta investigación permite concluir que los discursos sobre
las mujeres estaban en sintonía con las estrategias y representaciones del
Comunismo Internacional, respetuoso de las premisas de Marx, Engels,
Bebel, Lenin y Krupskaya, entre otros.
Pese a invitar a las mujeres a sumarse a la militancia, en la medida en
que los mandatos de feminidad y masculinidad no fueron cuestionados
y que el paradigma político y las prácticas del  continuaron siendo
androcéntricos, las posibilidades militantes fueron distintas para varones
y para mujeres.
Aunque se impugnara el principio de inferioridad de las compañeras,
detrás de las palabras se puede desentrañar un discurso patriarcal que se
pretendía sinceramente igualitario, desconociendo que las diferencias
continuaban jerarquizadas.
50 G. Leibner (comunicación personal, 2021, mayo).
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Los y las camaradas creían que toda opresión emanaba de la propiedad
privada de los medios de producción, por lo tanto, estaban convencidos
de que la Revolución comunista solucionaría todos los problemas que per-
judicaban a las mujeres, perspectiva que decantó en la imposibilidad de
objetar el statu quo heteropatriarcal.
En la medida en que las compañeras fueron convocadas a luchar exclu-
sivamente por su pertenencia de clase, no pudieron pensarse a sí mismas
en sus particularidades como mujeres; más aún, en el caso de las que
integraban las comisiones femeninas, se pensaron rearmando los man-
datos de género. Asimismo, no tuvieron las herramientas conceptuales
que nos dan hoy los feminismos para comprender que la simple presencia
de las mujeres en los ámbitos masculinos no desmonta las relaciones
desiguales entre los géneros. Esta dicultad para visualizar la persistencia
de las relaciones de poder entre los sexos explica la contradicción entre
los discursos igualitaristas y los comportamientos cotidianos de aquellos
varones cuya masculinidad se seguía midiendo en el espacio público y
en el uso de fuerza, y de aquellas mujeres cuya feminidad las devolvía al
hogar y los cuidados.
Nada prohibía que las camaradas cumplieran determinadas funciones u
ocuparan lugares jerárquicos, pero los prejuicios, la valorización de formas
«masculinas» en cuestiones como la oratoria y la fuerza, la falta de experiencia
de las mujeres y los mandatos de feminidad y domesticidad evitaron que
ellas cumplieran las mismas funciones que los varones y que «ascendieran».
Engeneral, las compañeras con cargos fueron minoritarias y profesionales.
El proceso de investigación derivó en la necesidad de recuperar a la
«madre comunista», ya que encontré que las mujeres eran denidas en su
calidad de madres —reales o simbólicas—, que las agendas vinculadas a las
mujeres tenían como centro los derechos de las madres, que la maternidad
fue vista como una función social que sumaba a la Revolución, que esta
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condición fue erigida como lugar político y que, a su vez, limitó la parti-
cipación política de las entrevistadas. Eneste sentido, mientras las jóvenes
comunistas de estratos medios buscaron quebrar con los arquetipos de
sus madres y renegaron de las tareas domésticas como forma de encarnar
al «Hombre Nuevo» (De Giorgi, 2015, 2018), estas jóvenes del mundo
obrero se rearmaban en roles socialmente asignados de maternidad y
domesticidad, aun cuando rechazaban militar en los espacios femeninos.
Esdecir que coetáneas y copartidarias desarrollaron distintas identidades
de género atravesadas por la cultura de clase y de barrio.
Desde sus hogares, las mujeres sostuvieron el Partido, la militancia y
la vida de los compañeros a partir del trabajo reproductivo y la utilización
de los prejuicios para realizar tareas de cobertura, acciones que pese a su
importancia fueron subestimadas.
De acuerdo con el enfoque que propongo, pensar las prácticas polí-
ticas de las mujeres implica, justamente, ampliar el concepto de política
y tener en cuenta no solo aquello que se realiza en el mundo público,
sino también todos los quehaceres cotidianos sin los cuales difícilmente
las organizaciones hubieran podido sostenerse en el periodo estudiado.
Queda claro que la Revolución social se limitaba a terminar con unas
relaciones de producción que consideraban violentas, con un Estado que
creían autoritario y con algunos comportamientos cotidianos que veían
claramente caducos, pero esta revolución, como testimonió Elena, «se
hacía de la puerta de la casa para afuera»,51 sin cuestionar la hegemonía
de los compañeros. Esto no quita que el acceso inusitado de las mujeres a
la arena política y el comienzo de los cuestionamientos hayan tenido un
sentido profundamente revulsivo y hayan generado transformaciones
cuyos frutos se comenzarán a ver con el empuje de los feminismos tras
la reapertura democrática.
51 Elena (comunicación personal, 2021).
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